jueves, 4 de junio de 2009

Enfoque psicoanalítico; La estructura de la personalidad


Al discutir el Ello, el Yo, y el Superyó, se debe tener en cuenta que no son tres entidades separadas con límites definidos con claridad, sino más bien representa una variedad de procesos, funciones y dinámicas diferentes dentro de la persona.
El Ello, el Yo, y el Superyó:
El “Ello” es el “centro de nuestro ser”, la función más antigua y original de la personalidad y la base de las otras dos. El Ello se presenta en nuestra conciencia en forma pura. Freud se refería al Ello como un “caos, un caldero lleno de excitaciones hirvientes”. El Ello incluye a los instintos e impulsos que nos motiva al igual que nuestra herencia genética, reflejo y capacidades para responder. Representa nuestros impulsos, necesidades y deseo básicos. Además, es el reservorio de la energía psíquica que propósito los elementos para todo el funcionamiento psicológico. El Ello opera de acuerdo con el principio del placery emplea procesos primarios. Éste se refiere a la búsqueda de la reducción inmediata de la tensión. Cuando se acumula la libido (energía psíquica) alcanza un nivel desfavorable de tensión. El Ello buscar descargar la tensión y regresar a un nivel de energía más favorable. En la búsqueda de evitar la tensión dolorosa y obtener placer, el Ello no toma precauciones sino que actúa de inmediato en una forma impulsiva irracional. No presta atención a las consecuencias de sus acciones y por consiguiente con frecuencia se comporta de una forma que puede ser perjudicial para la persona misma o para los demás. El Ello también busca reducir la tensión por medio de los procesos primarios, alucinar o formar una imagen del objeto que satisfacería sus necesidades, esta actividad es llamada satisfacción del deseo.
El “Yo” surge a fin de cumplir de manera realista los deseos y demandas del Ello de acuerdo con el mundo exterior. El Yo evoluciona a partir del Ello y actúa como un intermediario entre éste y el mundo externo. Extrae su energía del Ello, adquiere sus estructuras y funciones de éste y se esfuerza por servirlo satisfaciendo de manera realista sus demandas. El Yo es el ejecutor de la personalidad, reprimiendo al Ello y manteniendo transacciones con el mundo externo en interés de la personalidad completa. El Yo sigue el principio de la realidad. El Yo usa el pensamiento realista característico de los procesos secundarios, las habilidades cognoscitivas y perceptivas que ayudan a un individuo a distinguir entre hecho y la fantasía; incluyen las funciones intelectuales superiores de solución de problemas, las cuales permiten al Yo establecer cursos de acción adecuados y probarlos en cuanto a su efectividad.
Contenido dentro del Yo como su con su “núcleo más interno” está el Superyó. Heredero del Complejo de Edipo, representa los valores, ideales y normas morales internalizados. El Superyó es la última función de la personalidad que se desarrolla y puede apreciarse como resultado de la interacción con los padres durante el largo periodo de la dependencia en la infancia. Internalizamos las enseñanzas de nuestros padres y de la sociedad. Como resultado de la actividad del Superyó experimentamos culpa cuando desobedecemos normas morales aceptables. El Superyó consta de dos subsitemas; la conciencia y el ideal del Yo. La conciencia se refiere a la capacidad para la autoevaluació, la crítica y el reproche. Reprende al Yo y crea sentimiento de culpa cuando los códigos morales son violados. El ideal del Yo es una autoimagen ideal que consta de conductas aprobadas y recompensadas. Es la fuente de orgullo y un concepto de quien pensamos que deberías ser.

El Superyó lucha por la perfección. El Superyó también puede ser despiadado y cruel en su insitencia en la perfección. Sus demandas moralistas pueden parecerse a las del Ello en intensidad, obcecación e irracionalidad.
En la personalidad adulta bien adaptada, el Yo es el ejecutor primario, controla y gobierna tanto al Ello como al Superyó, mediando entre sus demandas y el mundo externo.

La descripción final que hace Freud de la personalidad es la de una forma dividida. Los papeles específicos desempeñados por el Ello, el Yo y el Superyó no siempre son claros, se mezclan en demasiados niveles. La personalidad consta de muchas fuerzas diversas en conflicto inevitable.

La relación del Ello, el Yo y el Superyó:
Si se fuera a diagramar la descripción de la psique que hace Freud, quizá la mejor imagen sería la representada por el propio Freud; un iceberg. La superficie del agua representa la frontera entre el conciente y el inconciente. Su línea interfecta las tres funciones de Ello, Yo y Superyó. Los cuales son entendidos mejor como funciones dinámicas de la personalidad, mientras que “consciente” e “inconciente” son adjetivos que describen cualidades que pueden tener estas funciones.

Los mecanismos de defensa del Yo:
Freud hizo una distinción entre tres tipos de ansiedad. La Ansiedad Real se refiere a un peligro real en el mundo externo. La Ansiedad Neurótica se refiere al temor de que los impulsos internos no puedan ser controlados. La Ansiedad Moral es un temor a los castigos de la propia conciencia.
A fin de que un individuo afronte la ansiedad, el Yo desarrolla mecanismo de defensa, procedimientos que previenen la ansiedad e impiden la percepción consciente de ésta. Los mecanismos de defensa comparten dos características: ocurren en un nivel inconciente de modo que no nos percatamos de lo que estamos haciendo, y niegan o distorsionan la realidad para hacerse menos amenazadores. Éstos deben ser creados para ayudar al Yo en el desarrollo a llevar a cabo sus funciones.
La represión implica bloquear la expresión de un deseo o anhelo de modo que no puede ser experimentado de manera conciente o expresado en forma directa como conducta. Es un acto involuntario. La emoción reprimida busca un escape alternativo y se requiere resistencia para impedir su irrupción en la conciencia. No obstante, una vez formadas, las represiones son difíciles de eliminar.
La negación supone rehusarse a creer una realidad o hecho de la vida.
La proyección se refiere a la atribución inconciente de un impulso, actitud o conducta a alguien o algo más en el ambiente. Un ejemplo sería alguien que es hostil de modo inconciente hacia alguien puede afirmar que la hostilidad surge de la otra persona.
La formación reactiva expresa un impulso por su opuesto. La hostilidad, por ejemplo, puede ser remplazada por amistad. Sin embargo, con frecuencia la sustitución es exagerada, haciendo por consiguiente que se cuestione la autenticidad del sentimiento.
En la regresión la persona retrocede en el tiempo a una etapa en la que fue menos ansiosa y tenía pocas responsabilidades.
La racionalización implica tratar una emoción o impulso de manera analítica e intelectual para evitar sentirla. Se trata de un razonamiento defectuoso, en virtud de que el problema permanece sin resolverse en el nivel emocional.

Transferencia:

Freud se dio cuenta que la relación entre el paciente y el médico era importante para determinar el resultado de la terapia. Descubrió que una de sus pacientes se había enamorado de él, pero luego se dio cuenta que los sentimiento de su paciente que eran expresados a él como doctor no estaban en realidad dirigidos hacia su persona, sino que eran repeticiones de sentimientos anteriores de amor y afecto que el paciente había tenido hacia personas sinificativas en su vida. Freud finalmente reconoció el valor de la Transferencia, un proceso por el que el paciente transfiere al analista actitudes emocionales experimentadas en la infancia hacia personas importantes.
Freud distinguió entre transferencia positiva, sentimientos amistosos y afectuosos hacia el médico, y la transferencia negativa, caracterizada por la expresión de sentimientos hostiles y de enojo. Enseguida del análisis, el paciente podía volver a experimentar estas relaciones insatisfactorias a través de la relación actual dirigiéndolas hacia una resolución satisfactoria. La transferencia ofrece al paciente una oportunidad para revivir los conflictos emocionales y estructuras cognoscitivas que condujeron a represiones, y proporciona al analista un entendimiento más profundo de las formas características de percibir y reaccionar del paciente. El paciente experimenta conflictos bajo una serie de circunstancias diferentes. El analista no responde al paciente con desaprobación o rechazo como pueden haberlo hecho los individuos anteriores. Más bien, reacciona con discernimiento súbito y entendimiento, lo que permite obtener insight sobre las experiencias y sentimientos y le permite cambiar.
La solución de Freud es el insight. La solución no estriba en el reino del conocer sino en el del hacer: trabajar a través de los conflictos anteriores. Descubrir la personalidad propia no es sólo un acto intelectual, sino también una experiencia emocional.


El proceso analítico:
En el análisis clásico, el paciente se recuesta sobre un diván y el analista se sienta detrás, fuera de su vista. El paciente es instruido para que verbalice cualquier cosa que le venga a la mente sin importar cuán irrelevante, absurda o desagradable puede ser. Durante la asociación libre el paciente puede tener un lapsus liguae o referir a un sueño, los cuales pueden ser interpretados y utilizados para ayudar al paciente a adquirir un entendimiento más profundo del problema.
En la fase inicial del análisis, el paciente obtiene un alivio considerable con el hecho de poder confiar ciertos pensamientos y sentimientos, se desarrolla una transferencia positiva. En la siguiente fase, el analista asiste al paciente con gentileza en la exploración de esta área cargada de emoción identificando e interpretando la resistencia en un esfuerzo por debilitar las defensas del paciente y traer al descubierto los conflictos reprimidos, se desarrolla la transferencia negativa. En donde el paciente reconstruye y reexperimenta episodios cruciales de la infancia.
La actitud del analista permite al paciente trabajar a través de esas situaciones hacia una conclusión más satisfactoria. El analista ayuda al paciente a convertir el insight recién adquirido en existencia y conducta cotidianas.
El paciente se reúne con el analista en sesiones de cincuenta minutos un promedio de cinco veces a la semana durante un periodo de varios años.
Los analistas contemporáneos han depurado más el proceso, percatándose de la importancia de cuestiones tales como vencer la resistencia, reconocer el peligro de la contratansferencia y penetrar poco a poco las cuestiones en un nivel emocional

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